16.12.11

Crítica. Misión Imposible 4 Protocolo Fantasma, Tom Cruise & JJ Abrams


(puede contener spoilers) Hay que hacerse a la idea de que la versión de 1996 de Brian de Palma ya es historia. El único que sobrevive (y van cuatro) es Ving Rhames, que en esta Protocolo Fantasma parece un ídem. Sólo se entiende su cameo si se estrena una quinta parte. Y tiene toda la pinta. Tom Cruise, a sus 50 años, sigue en plena forma. Qué mejor campaña publicitaria que anunciar que te vas a descolgar del edificio más alto del mundo, sin extras y con un par de… guantes. Uno de ellos le falla. Como ya le avisó el personaje de Simon Pegg si el color cambia del azul al rojo: “Mueres”. Dicho así tiene menos gracia que en boca de Pegg que logra, junto a Jeremy Renner –uno de esos actores más aplaudidos e impasibles– formar uno de esos tándems del humor que tan bien complementan en las pelis de acción. Como toda la secuencia de la turbina, un guiño Scary Movie a la escena más emblemática de la primera parte de la saga. Porque Misión: Imposible vuelve de nuevo a repetir lo que funciona en el cine del “mil metros” Cruise. Esto es: explosiones, carreras, persecuciones en coche, saltos de edificios, más carreras, más explosiones y más saltos. No hay casi patadas a lo Matrix ni una mujer a la que seducir como en la versión de John Woo (Ethan Hunt sigue enamorado). Y peor que las Fallas de Valencia en Sevilla, imposible. Por eso, para disfrutar esta cuarta entrega hay que remontarse sólo a la anterior, la dirigida por J. J. Abrams en 2006, que para eso produce ésta. Si allí subía a Tom Cruise a la azotea del edificio más alto de Shanghai, aquí lo hace en el Burj Khalifa. Eso es Misión: Imposible. Cada vez más alto. Sin límites. Tal vez por eso contratase a Brad Bird, especialista en dibujos animados. Sólo a él se le ocurriría la secuencia de los coches aparcados que suben y bajan, recordando a las puertas de Monstruos S.A. Lo mejor: esa pelea entre la leona Paula Patton –reinventa a Matahari y bien podría ser chica Bond– y la fría Léa Seydoux, más obsesionada por los diamantes que Marilyn Monroe. Y como me quedan unas cuantas líneas, reivindico a Josh Holloway. ¿De verdad costaba tanto haberle dejado vivir?

[Crítica publicada en el número de enero de Cinemanía]